
Recuerdo las primeras cosas que escribí, muchas de ellas me encantaban, me sorprendían, muchas otras las borraba con pudor, pero siempre con la sensación de rescatar en alguna parte una idea, en alguna parte estaba lo que quería decir.
Los que escriben entienden a veces, a veces no, es que son muy arrogantes, es que hay que tener el ego muy alto para escribir, y para pensar ser leído, incluso por uno mismo, con un orgullo untado sobre los ojos fruidores tal vez tu texto cobra otro sabor, incluso puede ser demasiado, por eso lo que escribe la gente parece siempre más analizable que lo que escribe uno.
Y en este mundo posible ¿Qué quieres decir?, las palabras son intrascendentes, yo lo diría todo con una mirada, con un paso, con una maniobra, ese es un lenguaje perfecto, porque es simple y más atractivo, y las historias ya no son una sinapsis de conceptos, sino aquellas imágenes mentales, las que guardan los sueños, los pareceres de la mañana, y las muecas de tu rostro cansado, tibio, como el llano.
Así sin palabras, se puede...ni en inglés, ni en alemán, ni en latín, ni en griego...así, sólo con el ruido del alma, pareciese que siendo...sólo siendo, se dice lo suficiente.
Y a nosotros que nos gusta tanto el lenguaje, tanto la palabra, sin que esta exprese lo que sentimos en su plenitud, que pena que estemos condenados a vivir en este mundo, el que crean nuestros conceptos, nunca tan nuestros realmente.
¿Qué quiero decir? Que es Miércoles por la tarde y como no puedo hablar, como no puedo referirme, ahora que no tengo palabras...soy libre.
Al final, pensar es hablar con uno mismo.